Excavaron para hacer un edificio en donde vivió Juan Manuel de Rosas y recuperaron tesoro histórico

Excavaron para hacer un edificio en donde vivió Juan Manuel de Rosas y recuperaron tesoro histórico
Excavaron para hacer un edificio en donde vivió Juan Manuel de Rosas y recuperaron tesoro histórico

La propiedad de calle Moreno 550, en el barrio porteño de Monserrat, fue escenario de la vida íntima de Juan Manuel de Rosas, y aunque el destino del predio sea un edificio, la excavación para los niveles subterráneos del mismo permitió descubrir un verdadero tesoro histórico del que sobresale una gran cisterna de siete metros de diámetro que la familia del Restaurador utilizaba para acumular el agua de lluvia. El equipo del Conicet convocado para la recuperación de lo que estaba, en buena medida intacto, bajo tierra, incluye investigadores de la Universidad Nacional de Rosario. Encontraron otras construcciones bajo nivel y numerosos objetos en asombroso estado de conservación. Ahora, parte del espacio será preservado como museo y un paseo abierto al público.

La historia de la casona que se erigía en el lugar se remonta a 1762. Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio nació 31 años después, pero el militar y político más conocido como Juan Manuel de Rosas vivió allí durante cuatro décadas. La propiedad fue comprada hace unos años por un grupo de inversores para levantar allí un edificio. Antes, entre 1979 y 2016, el predio de Moreno 550 fue un estacionamiento. Cuando en 2018 comenzaron las excavaciones para los dos niveles de estacionamiento subterráneo proyectados, hubo sorpresa.

Los trabajadores de la obra dieron entonces con una importante cisterna, una construcción subterránea que hasta fines del siglo XIX se llenaba con agua de lluvia para luego extraerse con baldes a través de un aljibe. Es una estructura de siete metros de diámetro, con paredes de 55 centímetros de espesor y una capacidad de 220 mil litros.

Juicio de por medio, a recuperar
Primó el sentido común: todo un sector del proyecto edilicio inicial fue modificado y se potenció el desarrollo de un gran espacio del tipo “plaza cubierta”, abierto al público y con espacios dedicados al museo de sitio, actividades culturales y locales dedicados a gastronomía que planean inaugurar en octubre: El Paseo de la Cisterna.

No fue fácil ni automático.

José Kohon, responsable del desarrollo inmobiliario (un edificio de 14 plantas más los dos subsuelos), arrancó con las máquinas de su empresa Komatorre y enseguida afloraron los restos de la cisterna. Allí intervinieron arqueólogos de la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico porteña. La obra se frenó. Pero luego de un tiempo, la constructora decidió retomar los trabajos y parte del antiguo reservorio de agua de lluvia terminó dañado. Hubo una causa judicial y el emprendedor, en un juicio abreviado ante la Fiscalía General porteña, aceptó una condena de dos años de prisión en suspenso por “daño calificado”, propuso reparar las estructuras y levantar un museo.

Se interrumpió de nuevo la construcción y ante la evidencia del potencial arqueológico del sitio se convocó a un equipo dirigido por Ana Igareta, científica del Conicet en el Instituto de Investigación, Historia, Teoría y Praxis de la Arquitectura y la Ciudad. Es una institución que depende de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de La Plata. En los trabajos de recuperación, interdisciplinarios, intervinieron arqueólogos, historiadores, arquitectos y biólogos de la Universidad Nacional de Rosario y de sus pares de Buenos Aires y La Plata.

A poco de iniciar las excavaciones con los cuidados para preservar posibles hallazgos, se abrió un panorama impensado: aparecieron otras varias estructuras subterráneas, entre ellas dos nuevas cisternas, cuatro pozos de balde, cinco ciegos, una letrina, tres pozos de basura con material arqueológico y una olla de descarte. Todo, entre el nivel del suelo y 6.50 metros de profundidad.

En medio, salieron a la luz centenares de objetos casi intactos y miles de fragmentos de otros que, a partir de ahora, permitirán reconstruir cómo fue la vida a lo largo de más de dos siglos en lo que fue una gran casona. Cubiertos, cerámica ordinaria, loza sanitaria, vajilla de mesa, vestimenta y calzado, además de frascos y botellas, herrajes, huesos de animales, adornos, objetos de uso personal, herramientas y monedas de distintas épocas son parte de un tesoro recuperado para las investigaciones. Hasta un frasco con pupas de moscas atrapadas en su interior.

“Nos convocaron un 15 de marzo y el 17 ya estábamos trabajando. Teníamos ya bastante experiencia trabajando en obras en construcción con restos arqueológicos, muy diferente a los que es la dinámica en otros sitios. Desde un principio, el planteo fue que el trabajo arqueológico tenía que convivir con la obra sin que nos molestáramos mutuamente. Y si podíamos ayudarnos, mejor, ya que la obra dependía de la presencia del equipo arqueológico para continuar habilitada”, contó la directora del equipo del Conicet.

La previsión original fue de tareas durante dos meses, pero lo que encontraron obligó a extender el cronograma. Estuvieron allí el cuádruple del tiempo previsto. En ese lapso coordinaron tareas 14 profesionales de varias disciplinas.

En total, se escrutaron con mano experta 1506,62 metros cuadrados. Esto es, el 65,8 por ciento de la superficie del lote. El equipo entregó a la constructora y a la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico 22 informes, además de 41 planos, 23 plantas y 25 cortes o vistas.

“Encontramos miles de fragmentos y piezas, cientos de ellas enteras, intactas, perfectas. Como hubo muchos espacios de descarte intencional de basura, eso nos dio un registro fantástico de qué tipo de objetos se iban descartando a lo largo del tiempo en este espacio urbano. El volumen es increíble. Hay pocos sitios en Buenos Aires que hayan tenido tanta recuperación de materiales en un único lote, y una vez terminada la excavación fueron meses de seguir limpiando, lavando, clasificando y fichando”, explicó Igareta.

Una historia que arranca en el siglo XVIII
La historia de la antigua residencia familiar se remonta a 1762, cuando el comerciante Felipe D´Arguibel se casó con Andrea López de Cossio y se asentó junto a su familia en la casa. La propiedad fue heredada por su hija mayor, Teodora, quien en 1782 contrajo matrimonio con Juan Ignacio de Ezcurra. La pareja tuvo varios hijos. Uno de ellos era Encarnación, que se casó en 1813 con Juan Manuel Rosas. El matrimonio se radicó en la vivienda y allí nacieron sus hijos. Al morir Encarnación en 1838, Rosas se mudó al palacio que había hecho construir en San Benito de Palermo.

Restauración del Restaurador
“Lo más interesante es todo lo que no tenía que ver con Rosas y apareció inesperadamente. Por supuesto, los platos hallados con la leyenda Federación o Muerte no dejan de ser una cosa totalmente impactante, pero sabíamos que habían existido. A su vez, los objetos domésticos de todas las personas que vivieron ahí como esclavos, como sirvientes, tienen un valor enorme. Recordemos que la familia de Rosas tuvo una importante cantidad de esclavos viviendo con ella durante todo el tiempo que estuvieron instalados en Moreno. Y la otra parte que me parece muy interesante es el registro institucional”, señaló Igareta.

José Sellés-Martínez, presidente del Instituto de Investigaciones Históricas de la Manzana de las Luces, agregó que por decisión de la empresa constructora, y además de conservar la cisterna como exigió el Gobierno porteño, se proyectó la construcción de un Museo de Sitio para exhibir los objetos hallados.

El proyecto está a cargo del arquitecto Mederico Faivre. Las obras comenzarán una vez que terminen las tareas de consolidación del gran cilindro de la cisterna que tiene a su cargo un colega especialista en ese tipo de rescates, Guillermo Spagnuolo.

 

fuente: elciudadanoweb.com